sábado, 12 de enero de 2008

ESTE DURO OFICIO DE LEER Y ESCRIBIR

San Agustín contaba asombrado que Ambrosio, el obispo de Milán, «cuando leía, sus ojos corrían a lo largo de la página y su mente percibía el sentido, mas la lengua y la voz se quedaban inmóviles». Y es que esto de leer en silencio, ensimismado, no era lo habitual; lo corriente era la lectura en voz alta. Siglos después, la imprenta impondrá una cultura tipográfica que aumentará la alfabetización y posibilitará lo que Roger Chartier llama la «emergencia de la conciencia», es decir, el poder dar vueltas y repensar un texto con eso que se ahora se llama la lectura reflexiva, y que es justamente lo que más promueve la ciudadanía: la capacidad crítica.

Pero San Agustín nos cuenta también, con la misma perspicacia, que sus padres le pusieron en la escuela para aprender cosas que le parecían 'totalmente inútiles' y que desatendía por afición al juego, encontrando el castigo como única respuesta: «nos castigaban porque jugábamos; sin embargo, ellos hacían exactamente lo mismo que nosotros, aunque sus juegos recibían el nombre de 'negocios'» . O sea, tenemos en esta descripción algo que hoy es archiconocido, sin necesidad de los datos del Informe Pisa: un escolar que se mueve torpemente en la lectura, porque a menudo aborrece lo que se le enseña; un sistema pedagógico anticuado en su respuesta, y una sociedad que se orienta al utilitarismo y declina su responsabilidad en formar a sus ciudadanos.

Nadie hace bien lo que hace contra su voluntad, ni leer y escribir son tareas per se cómodas o sencillas, a pesar de que se nos disfracen a veces con los entretenimientos propios de de una feria. Leer no es una feria, si acaso es una especie de fiesta, decía Laín Entralgo, pero una fiesta sobre todo 'interior', en la que activamos todos los mecanismos de nuestro cerebro, que debe comprender y apropiarse de un texto, sea un poema, el código penal o una carta. Otra cosa es que no sólo interioricemos el mensaje sino que podamos compartirlo, comunicárselo a otros, y en eso, claro, la lectura se convierte en un rito colectivo, como lo era la lectura en voz alta, que es por cierto la forma en que se difundió el Quijote entre capas de población semianalfabeta.

Esconder la dificultad de leer y de escribir no ayuda a desenmarañar el problema. En última instancia, no se trata de que aprendan a leer y escribir mejor para sacar 'mejores notas', en un test cualquiera, al modo de los que utiliza el Informe Pisa. Es al revés, y los psicólogos lo saben. Se trata de, como ansiaba San Agustín, unir el juego al estudio de una manera consciente, emparejando 'altos desafíos' y 'altas habilidades'. Es decir, si las habilidades que promovemos son bajas encontramos respuestas de apatía, aburrimiento, etc.; lo mismo ocurre si nos planteamos desafíos o experiencias de muy bajo nivel. La capacidad envolvente del juego, la concentración, la entrega a la tarea, se logra cuando unimos altos desafíos y altas habilidades, que no generan ansiedad o abandono, sino participación, en suma, experiencias gratas.

Se lee, se escribe no para sacar nota ni aplicar la gramática; se lee y se escribe para descifrar el mundo en que vivimos; para, como dice Dennet, contrastar, corregir y, por qué no, des-aprender muchas cosas que creíamos aprendidas. O sea, para reflexionar, extrapolar, reformular, haciendo a las personas más dialogantes.

Y en una sociedad en que la publicidad, la cultura mediática o el consumismo provocan un cierto estado de hipnosis, que narcotiza e insensibiliza a todos, claro está que leer y escribir es un duro oficio que poco tiene que ver con la llamada 'sociedad del bienestar', si se entiende por ello zapear pasando el dedo por un mando. Porque, como nos dice San Agustín de forma conmovedora en sus Confesiones, la sociedad de su época usaba métodos vanos en la enseñanza de la juventud, de forma que «no miraban ni atendían a qué fin podía yo ordenar aquellas letras que por fuerza me hacían aprender». Y, he aquí lo más grave, por este error de muchos chicos de no querer leer, los que pagarán más adelante sus consecuencias serán ellos mismos, en forma precisamente de una formación deficiente, de lo cual es responsable no la familia o el maestro o la biblioteca del pueblo, sino la sociedad en su conjunto, que no ha sabido entender aquel adagio clásico, «lo bello es difícil», y se ha entretenido en consentir y adormecer a sus niños y jóvenes por la vía de lo ramplón (o sea, con todo tipo de actividades banales), en lugar de despertarlos a toque de trompeta. La de la conciencia, que decía Chartier, claro.

ELOY MARTOS

Eloy Martos es coordinador del Seminario de Lectura de la Universidad de Extremadura


Este artículo ha sido publicado por el diario HOY
http://www.hoy.es/prensa

No hay comentarios: