Ingresé y me dirigí la sección de literatura infantil-juvenil. No estuve más de diez minutos (tenía miedo de que la grúa se llevara mi carro) y me marché. Ya en el carro saqué de la bolsa los cuatro libros que había comprado: dos de Zona Libre: Cuarto A, y Todos los futbolistas van al cielo; uno de Alfaguara: Templado, y el otro de Panamericana: Joaquín Espadachín. Estos dos últimos libros han sido escritos por Jorge Eslava de quien ya tenía muy buenas referencias, de los otros dos sabía poco pero era suficiente: eran de la misma colección del libro Sara Tomate.
Miraba con deleite cada uno de los libros cada vez que me detenía frente a la luz roja del semáforo y me parecía raro que todas las luces rojas cambiaran a verde tan rápido. Hubiera deseado que todos los semáforos se queden en rojo para contemplar cada uno de los libros. Mis deseos se hicieron realidad porque al doblar hacia la avenida Wilson había un tremendo embotellamiento lo cual me dio la posibilidad de leer uno de los libros: Joaquín Espadachín.
Desde la primera línea el cuento llamó toda mi atención y cada situación que iba presentándose me hacía recordar las hermosas travesuras de mi hija Yvonne a quien solo yo la llamaba Tiburón debido a su tremenda afición por nadar y de no salir del agua hasta que cayera el Sol. Ese recuerdo tan maravilloso me hizo sentir el hombre más feliz de la tierra. Leía Joaquín Espadachín y no podía contener la risa a mandíbula batiente, de tal forma que los otros conductores que estaban uno a la derecha y otro a la izquierda me miraban y también me sonreían. Era el prototipo de hombre feliz aparecido en un embotellamiento vehicular.
Aproximadamente, cada cinco minutos avanzábamos diez metros y luego nos deteníamos, Yo no dejaba el libro, lo tenía sobre el volante y cuando tenía que avanzar lo hacía con él. Cuando me di cuenta estaba en la página cuarenta y cuatro, a punto de acabar el segundo capítulo. Para mi mala suerte, salimos de ese atolladero y me dirigí de vuelta a casa.
Me había olvidado por completo del problema y recién por la noche -después de terminar de leer el libro y sentirme un buen padre- me di cuenta de que el bendito problema me daba la oportunidad de aprender un poco de la vida.
Esa es la magia de la literatura que te da muchas posiblidades para encontrarte con lo mejor de ti mismo y desde allí ver la realidad desde otra perspectiva, de tal manera que al final vuelves a ser esa gran persona que todos conocen y que tú mismo admiras.
Gracias por leer
Manuel Urbina
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